Resveratrol y otros milagros impronunciables del vino

Por décadas la medicina creyó que podía encontrar la cura para muchos males, que existía una sustancia para cada dolencia, capaz de hacer que un tumor retrocediera, una catarata desapareciera o que la psoriasis fuera eliminada –junto con su molesta comezón- de la faz de la tierra. Para eso estaban las pastillas que encapsulaban distintos fármacos. Y todas las esperanzas cifradas en ellas.

Ahora la cosa parece diferente. La prevención de las dolencias es el truco. Y con la prevención, aparecen problemas nuevos como la alimentación sana y las nutrientes que protegen contra algunas dolencias. Ahí están la quínoa, la chía y el amaranto para dar testimonio de los supernutrientes, pero también está el milenario vino.

De eso se dieron cuenta hace cuatro décadas los cardiólogos del mundo. Todo surgió de una observación simple y empírica: ¿cómo podía ser que los franceses, tan dados a los placeres de la mesa y con alto colesterol, sufrieran menos accidentes cardíacos que los norteamericanos, tan aficionados a contar calorías (y a consumirlas, claro)? Surgió así lo que se dio en llamar “la paradoja francesa”, que con el tiempo, llevó a los investigadores a preguntarse sobre el rol de las dietas y en especial de la dieta mediterránea. En ella, el vino resultó ser la pócima milagrosa. ¿Por qué?

Favaloro tenía razón
Hoy sabemos que una copa de vino tinto al día previene el riesgo de padecer un accidente cardiovascular. El secreto reside en una sustancia de nombre difícil de pronunciar y de recordar: resveratrol. Un antioxidante que se encuentra naturalmente en la piel de las uvas y que el vino tinto logra conservar para ser consumido a lo largo del año.

El resveratrol actúa a nivel arterial, de muchas formas que están en estudio aún. Pero se suelen ponderar sus efectos anticancerígenos, antienvejecimiento, antiinflamatorios, antifibrótico, hipocolesterolemiante y otros beneficios impronunciables pero claves para el organismo. Bien mirado, el vino no debiera beneficiar más que las uvas. Sin embargo, en la transformación del mosto en vino aparecen algunos compuestos que son benéficos también, en su justa medida, como el alcohol.

Por una parte, existen muchas evidencias médicas sobre los beneficios del alcohol en el organismo. Tantas, como sobre sus efectos nocivos en caso de abuso. Lo cierto es que la ingesta de una copa diaria mejora el perfil de grasas en el torrente sanguíneo, favorece la buena circulación y evita su coagulación en zonas de riesgo.

Por otra, el vino aporta una buena cantidad de productos fenólicos con capacidades curiosas. Entre algunas de las más destacadas, está el efecto antioxidante de taninos y parientes, que una vez en el torrente sanguíneo, se combinan con los llamados radicales libres, sustancias destinadas a atacar patógenos, pero también causantes de todo tipo de esclerosis. Por lo que, una dieta equilibrada en grasas y en antioxidantes (no solo del vino), puede ayudar a evitar o demorar el efecto de enfermedades degenerativas propias del envejecimiento.

¿Por qué el tinto es mejor?
La razón es múltiple. Por un lado, las uvas tintas son más robustas y vienen más protegidas naturalmente contra oxidaciones y patógenos, con mayores dosis de antioxidantes en su piel. Por otro, los vinos tintos, para obtener su color, precisan de maceraciones prolongadas con la piel de la uva, lo que favorece la extracción de esas deseadas sustancias.

En comparación, una copa de vino tinto tiene hasta diez veces más antioxidantes que una de blanco, mientras que las calorías equivalen a las que aporta una banana mediana. Con esto no hay que confundirse: el vino no reemplaza a las frutas, pero colabora en hacer mejor las comidas, con un efecto benéfico aparejado. Y eso, sin hablar del placer y el bienestar, que son claves para estar en buena forma.

 

Fuente: Joaquín Hidalgo – Vinómanos

 

 

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